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martes, 23 de junio de 2020

Leyendas sevillanas

Llevamos varios meses realizando estas leyendas semanales, cada una dedicada a un lugar o una imagen en concreto, pero esta semana y para “despedirnos”, os vamos a hablar de varias leyendas ocurridas en Sevilla y que guardan relación con alguna de sus hermandades más conocidas. Y es que, siempre hemos oído sobre Sevilla leyendas como la del Cachorro de Triana, el por qué de “La Valiente” para referirse a la estrella, o cuando a la Macarena la cambiaron por un reloj, pero… ¿Sabías que hermandades como el Cristo de Burgos o Santa Cruz también tienen leyendas?

- EL CRISTO DE BURGOS.
En la puerta del Cristo de Burgos, sucedió un hecho particular y que hizo cambiar la visión y la forma de ver de esta querida imagen. Una mujer entra al templo, para rezar por la salud de un familiar que se encontraba en estado crítico. Había acudido a varios médicos y ninguno de ellos le daba una alternativa ni una cura exacta para lo que aquella persona padecía. Sin tener nadie con quien hablar ni a quien acudir, se arrodilla frente al señor y comienza a rezar, inmersa en su plegaria. Y sumida allí, nota que la temperatura baja, sintiéndose acompañada. En ese momento alza la mirada, y mira a su señor que tanta devoción le guardaba, quedándose petrificada al ver que éste la mira y le dice: No te preocupes. La señora, asustada, sale corriendo del templo, e incluso paró a varios transeúntes inmersa en el pánico que aquello le provocó. Todos la tomaban por loca, pero lo curioso es que llega a casa, y que al llegar recibe una llamada telefónica que le comunica que, aquel familiar por el que ella pedía con tanta fe al Cristo de Burgos, había tenido una notoria mejora milagrosamente, y que se encontraba bien dentro de la gravedad que padecía.


-EL NAZARENO FANTASMA.
Casi al final de Mateos Gago, nos encontramos con una iglesia que tiene mucho que contar. Hablamos De la Iglesia de Santa Cruz, iglesia que le da nombre a la hermandad que en ella habita. Aquí tiene lugar una de esas historias bellas y evocadoras, que verdaderamente nos hace pensar si hay algo más allá. Es común que, cuando una hermandad se recoge, los hermanos entran y rezan junto a sus titulares, dejando las insignias y volviendo camino a casa. Pues bien, así ocurrió, aquella noche en esa hermandad, y es que estando únicamente los miembros de la junta que se disponían a guardar los cirios e insignias, miran hacia el paso del señor y se encuentran frente a él un nazareno. Tenía el capirote bajo el brazo, y rezaba fervorosamente a su imagen titular. Uno de los hermanos, con cierto desprecio le dijo: Hermano, hemos acabado la estación de penitencia, se tiene que ir. Y el nazareno se volvió, los miró, y como si no hubiera oído nada, continuó con su rezo. La segunda vez que le llamaron la atención, éste volvió a girarse, y les hizo un gesto de como que ya se iba. Pero lejos de ello, se acercó al paso de virgen, y presinándose frente a ella, volvió a inmergirse en su rezo. Y en ese momento, el otro miembro de la junta que allí presente estaba, soltó la típica frase: No te ha hecho ni caso. El otro, ya un poco mosca, elevó el tono, y de una manera muy irrespetuosa le dijo: Hermano, que se tiene que ir, dando palmadas a la vez. Es entonces cuando el nazareno volvió a mirar, con una mirada desafiante, y se quedó allí. Fueron varias las veces que le dijeron que se marchara, y a la tercera, el nazareno se volvió, miró fijamente a sus queridos titulares, y dando un paso atrás, desapareció. Los otros dos se quedaron perplejos, era imposible que hubiera salido por la puerta, porque estaba cerrada y lo habrían escuchado. Lo cierto es que había desparecido. A partir de ese año, ese nazareno se va apareciendo de una forma alternativa, y todos los que en esa hermandad están metidos, aseguran que en Santa  Cruz hay un nazareno especial.


-EL GRAN PODER Y ARAUJO.
Juan Araujo, ex jugador del Sevilla Fútbol Club, tuvo una gran experiencia con el señor del Gran Poder. Tenía una vida próspera, cuando su felicidad se vio truncada cuando a su hijo le detectaron una enfermedad grave. Tras haberlo llevado a todos los médicos, ninguno le dio solución, y con un hilo de esperanza, acudió a San Lorenzo para pedirle al señor del Gran Poder que lo curara. Y así, la historia se repitió día tras otro, hasta que el niño murió. Es ahí cuando, enfadado, fue de luto a la capilla únicamente para decirle al Señor: Que sepas que no voy a venir más a verte por no haber querido curar a mi hijo, si quieres verme vas a tener que venir a mi casa. Pasaron los años, y se celebró una misión donde se llevaron a las imágenes a los barrios más pobres para llevar el mensaje de la fe. Y así, un grupo de costaleros llevaba al señor al hombro hacia Nervión, cuando en mitad de la noche comenzó a llover. Los hermanos, muy agobiados buscaron donde aguardar al señor para que no se mojara, y vieron la puerta de un garaje abierta. Llamaron a la puerta, y era el garaje de la casa de Juan Araujo. Éste preguntó que quien era, a lo que los hermanos contestaron: Ábranos, venimos con el señor del Gran Poder. En ese momento, el ex jugador no sabía donde meterse, y bajó a abrir la puerta, encontrándose cara a cara con el Gran Poder, que como si de un desafío de hombres se tratara, fue a verlo a su casa tal y como él le dijo que debía hacer. Es justo ahí cuando se arrodilla, y llorando pidió disculpas al señor, ya que él sí supo perdonar sus palabras, fruto de aquel enfado años atrás.


-EL MISTERIO DE LA LANZADA.
Si alguien osa a robar en una iglesia un objeto de culto, debe saber que sobre él, al igual que ocurría con los faraones egipcios, puede caer una terrible maldición. Pues bien, algo así ocurrió en la presente historia, ya que en 1421 apareció en las obras De la Iglesia de San Martín una caja de plomo con reliquias. Era la corona de espinas de Cristo, un acontecimiento que pondría en vilo la ciudad, y la cual fue guardada en una urna de cristal para que pudiera ser visitada. La espina estaba dotada de poderes curativos, y se llevaba a casa de los enfermes, entre otras cosas. Esta es la famosa espina de aquella leyenda de los Cristos de Juan de Mesa que contamos con anterioridad. Esa espina dio lugar a una hermandad. En 1657 el sacerdote Agustín de Herrera debía acudir con la espina a casa de un enfermo, y al regresar se encontró la iglesia cerrada, llevándosela a casa. Aquella noche, la casa del sacerdote fue asaltada, y entre los objetos robados estaba la reliquia. La ciudad entró en cólera, invadida por la pena y la desgracia. Pero, 30 años más tarde de aquella fatídica noche, un fiel entró en San Martín, y bajo secreto de confesión entregó la reliquia, ya que aseguraba que desde que estuvo en su poder, sus amigos y familiares solo sufrieron males y desgracias. Arrepentido, entregó la reliquia y se arrepintió. 

María Orellana Cózar.
Twitter: @MariiaOrellaana
Instagram: @mariiaorellana

miércoles, 17 de junio de 2020

La leyenda del Nazareno de Santa María

Como todos sabemos, la Sagrada Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno ostenta el título de Regidor Perpetuo de la Ciudad de Cádiz. Son innumerables los monumentos y lugares de interés de nuestra ciudad, así que mediante este apartado nuestra única pretensión será ofrecer un acercamiento al entorno más próximo a nuestra sede canónica, y es por ello por lo que nos centraremos en nuestro populoso Barrio de Santa María.

El Arrabal de Santa María tiene su origen en la ermita del mismo nombre, que fue germen del actual Convento de Santa María. A extramuros de la antigua ciudad medieval, actual Barrio del Pópulo, comenzaron a crecer entre los siglos XV y XVI dos arrabales, uno hacia el noroeste (el de Santiago) y otro hacia el sureste (el de Santa María), éste último en los alrededores de la ermita allí enclavada. El mayor auge de nuestro Barrio tuvo lugar entre los siglos XVII y XIX ya que, debido a la cercanía del puerto de la ciudad, fijaron su residencia en él muchas familias acomodadas y de comerciantes, las cuales dejaron su herencia en el barrio confiriéndole al mismo su aire barroco y señorial. Nuestro barrio se encuentra situado en el extremo sureste del casco antiguo de la ciudad, junto a la Puerta o Puertas de Tierra, la cual separa (aunque nos gusta mejor decir que une) al casco antiguo de los extramuros de la ciudad de Cádiz.

Durante la fuerte guerra civil que marcó nuestro país, el bando republicano se dedicó a la quema de iglesias y destrucción y rapto de las sagradas imágenes, de ahí que la mayoría de las imágenes religiosas que conservamos en la actualidad sean réplicas o hayan tendido que ser intervenidas en duras restauraciones. Como el Nazareno siempre fue la imagen más venerada del ya mencionado barrio, decidieron dividirlo en varias partes y aguardarlo en la casa de los vecinos del barrio. Hay que destacar que la cruz que hoy en día posee la imagen del señor no es la original, ya que nunca fue devuelta por el vecino que la guardó. 
En esa época, fueron varios testimonios de los vecinos del barrio que aseguraban haber visto al santísimo Cristo pasear con su cruz al hombro por las calles de piedra de su barrio. Cada noche, los vecinos narraban escuchar un racheo por sus calles, acompañado del arrastre de un objeto de madera maciza. Ninguno de ellos tuvo el valor nunca de asomarse a ver qué era aquello que armaba tanto ruido en las madrugadas de Santa María, asegurando que era su querido Nazareno, que se paseaba por sus calles para cuidar y bendecir a aquel barrio que le salvó la vida. 

Pero esta no es la única leyenda que se le acata a esta sagrada imagen, ya que durante la epidemia de peste que asoló Cádiz entre 1678 y 1681 se desató la bonita historia que les contamos. A lo largo del mes de Julio de 1681, la voracidad de la enfermedad estaba acabando con todo hilo de vida en la ciudad de Cádiz. Tanto los Regidores como el propio Cabildo Municipal instaron a los gaditanos a rezar por la intervención del Santísimo para acabar con el mal, acudiendo en masa la población a las puertas de Santa María a rezar y pedir clemencia a la imagen de Jesús Nazareno con su imponente figura.
Nos cuenta el mercader que tantas fueron las súplicas, que en la noche del 21 al 22 de Julio, una religiosa del convento de la Pura y Limpia Concepción, Sor Isabel Garrido, rezando como cada noche a medianoche en la reja contigua a la capilla del Señor, era testigo de como la talla bajaba de su Camarín acompañado de lo que parecía ser María Magdalena, cuya talla no existía en el convento, y esa misma noche, el salinero de oficio también lo pudo contemplar desde la ventana de su casa en la calle Compañía, con el paso firme del Señor hasta las salas del Hospital del Rey.
Fueron allí muchos los enfermos que lo pudieron contemplar acompañado de María Magdalena, y se cuenta que desde ese punto y en ese mismo instante, la enfermedad empezó a remitir, desapareciendo en su totalidad al día siguiente de contagio, por lo que se pidió que constara el haber sido un milagro del Nazareno y la Magdalena.
Tras los hechos el pueblo suplicó al obispo que se llevara la imagen hasta la Catedral, donde se celebró una novena de acción de gracias. Se encargó a su vez la realización de la talla de la Magdalena, que desde entonces está con el señor en la Iglesia de Santa María. Poco después, se nombra al Nazareno “Regidor Perpetuo” y a María Magdalena “Protectora de la ciudad”, instaurándose la costumbre de acudir constantemente al Nazareno cuando aparecía el brote de una epidemia, de forma que la imagen se relaciona con la cura de éstas y en su culto se instala la leyenda “A Peste Nos Curat”. 

María Orellana Cózar.
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martes, 2 de junio de 2020

La leyenda de la Virgen del Rocío

En Andalucía, tierra mariana por excelencia, existe una fiesta disfrutada por muchos en la provincia de Huelva, podríamos decir que hablamos de las más grandes romerías y fiestas ya no solo en el territorio Andaluz, si no en el territorio español. Efectivamente, hablamos de la Virgen del Rocío, situada en una pequeña aldeita junto a Almonte, la cual celebra su fiesta más grande en la víspera de pentecostés. ¿Y si os dijéramos que este fervorosa imagen tiene tras ella una leyenda oculta?
La leyenda de la que hablamos es la que nos cuenta la aparición de la virgen. Según varias referencias populares, en el siglo XV un cazador perteneciente a la Villa de Almonte , mientras paseaba con sus perros observó cómo en un olivo cercano a las marismas de aquel lugar llamado la Rocina los perros parecieron volverse locos, comenzando a ladrar sin ton ni son. El cazador, pensando de que de una nueva presa se trataba, se acercó, sorprendiéndose al ver a una virgen situada entre las ramas. Era una talla que llevaba puesto un manto de lino blanco y verde, y en su espalda se había tallado: Nuestra señora de los remedios.
El hombre no se lo pensó dos veces, y decidió llevársela a casa. Pero a mitad del camino, se sintió cansado y decidió recostarse en una piedra para así descansar un rato. Al despertar de aquella siesta Lila, se percató de que algo fallaba, y es que la virgen ya no estaba a su lado. Afligido volvió al lugar y la vio en el mismo sitio donde la encontró, comprendiendo que allí querría que se le venerara culto. El cazador volvió a Almonte a contar lo ocurrido, y Salió el clero y el cabildo al lugar de la partición. La vieron tan encantadora que comenzó a ser el motivo de la más fervorosa devoción en ese mismo momento.
La aldea del Rocío se encuentra en un punto equidistante entre localidades de las tres provincias Cádiz, Huelva y Sevilla; por lo que, su emplazamiento estratégico, ha hecho pensar a los historiadores e investigadores del fenómeno rociero, que la ubicación de su ermita hubiera sido promovida con una finalidad evangelizadora, y más concretamente de cristianización del lugar, tras la reconquista de estos territorios a la población islámica. Desde el siglo XIII, tras la reconquista, este espacio (Doñana)  fue nombrado cazadero real, porque desde un principio los monarcas cristianos supieron de la abundancia de caza en estas tierras, y por tal motivo han permanecido casi intocadas por el hombre, quien tan sólo se adentraba en ellas con finalidades cinegéticas o para aprovechar los recursos naturales tales como la piña o la madera, lo que ha hecho que hayan llegado hasta nuestros días de una manera que diríamos, tan natural. Se tiene constancia de la ermita desde el 1309.


María Orellana Cózar.
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martes, 26 de mayo de 2020

La leyenda del Cristo de los Faroles


Si alguna vez has paseado por la capital cordobesa, no tenemos ninguna duda de que has acabado enamorado y deseando volver a pasear por sus calles. Pero, si ya la ciudad de por si te enamora, más lo hará cuando conozcas las innumerables leyendas que ella oculta. Ya hemos hablado en el blog de la leyenda de la virgen de las angustias; también es muy conocida la leyenda del esparraguero, un Cristo crucificado traído de las Américas al que la plebe cordobesa le regala espárragos. Pero hoy vamos hablar del Cristo de los faroles, y de la leyenda que a él se le adjudica.

Si habéis paseado por Córdoba, cuando entres por la cuesta del Bailio llegas a la plaza de los capuchinos, una plaza muy transitada y famosa por la imagen que allí alberga. Aunque en realidad no se llame Cristo de los faroles sino que se llame Cristo de los desagravios y misericordia, es una escultura que ha sido rebautizada por los cordobeses ya que posee a su alrededor ocho faroles que representan las provincias andaluzas. Hablamos de una escultura realizada a finales del siglo XVIII y que ha sido protagonista de innumerables coplas, canciones populares y leyendas, ya que siendo una escultura de mármol se podría decir que es de las más veneradas de Córdoba. Y es que el lugar donde está situada, la plaza de los capuchinos, hace que este Cristo impacte más ya que la plaza posee el empedrado original del casco histórico cordobés.
Pero si ya en lugar de por si os parece mágico, más os parecerá cuando conozcáis la leyenda que a este lugar y a esta imagen se les adjudica. Según una leyenda popular, desde que la imagen del Cristo se colocó en aquella plaza, todas las noches se escuchaban pasos firmes paseando por allí. Algún que otro curioso se atrevió a sumarse para ver qué ocurría, encontrándose frente al Cristo a un hombre encapuchado, el cual avanzaba lenta y sigilosamente, como si en vez de andar levitase. Una vez frente a la imagen, aquel misterioso hombre susurraba unas palabras incomprensibles, y luego desaparecía misteriosamente.

Nunca nadie logró ver su rostro, ni siquiera logró identificarlo. Pero una noche el hombre encapuchado reveló su secretos a la comunidad que custodiaba la imagen del Cristo. Se trataba de un soldado que años atrás fue asaltado por unos bandidos, y estando a punto de morir despertó desorientado frente a la imagen del Cristo de los faroles. Desde entonces, aquel hombre visitaba al Cristo que lo salvó todas las noches a la hora del asalto, únicamente para agradecerle por su vida. No sabemos si este hombre era real o si de una presencia fantasmal hablamos, lo que sí podemos decir es que, una vez contada su historia, aquel señor desapareció para siempre, y nunca más volvió agradecerle al Cristo de los faroles que lo salvó.

Pero no es solo esta la única anécdota que ronda alrededor del Cristo de la plaza. Y es que un hilo en la red social de Twitter haría que de esta imagen y de esta plaza se volviese a hablar. Pero esta vez no tiene relación alguna con el Cristo, sino con la reja que lo rodea. Según cuenta este tuitero a principios del siglo XX un vecino se encargaba de manera altruista de la custodia mantenimiento del monumento. El mismo era el que pagaba los gastos de las lámparas de aceite que por aquel entonces rodeaban al Cristo cordobés. Este mismo vecino veía como otros monumentos más “insignificantes” a nivel devocional poseían rejas que lo custodiasen.  Así que el mismo decidió pagar una nueva reja que se instaló en 1924. El alcalde de Córdoba, José Cruz Conde, tras conocer la opinión de la comisión de monumentos de la ciudad, decidió que la reja debería retirarse. Este asunto llegó hasta Madrid, donde el vecino defensor de la reja explicó que lo que debería de hacerse era eliminar las lámparas de aceite y sustituirlas por lámparas eléctricas para que las escaleras que se usaban para encenderlas no deteriorasen las columnas que rodean a Cristo. Así, sin hacer caso omiso de la instalación de la reja, se pasó a cambiar las lámparas y no solo la reja se quedó donde estaba, sino que hoy en día es un lugar que cualquier viajero que visita la ciudad va a ver.

María Orellana Cózar.
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martes, 19 de mayo de 2020

El milagro del maremoto de Cádiz

Nos remontamos al año 1755. En la capital gaditana sucede uno de los peores hechos que marcaron su historia. Efectivamente, hablamos del maremoto provocado por el terremoto de Lisboa en el año 1755. Un maremoto que, sorprendentemente por la magnitud y la longitud que poseía sus olas, dejó un número bajísimo de víctimas.

Y es que, cuentan las crónicas, que en el día 1 de noviembre, día de todos los santos y fiesta muy marcada en la capital, siendo como a las 10:00 de la mañana se experimentó un fuerte terremoto que provocó una fuerte subida del mar.
El mar se embraveció, y se dejó ver por las antiguas calles de la ciudad, dejando a su paso una multitud de ciudadanos que, asustados como es de lógica, gritaban y se lamentaba pidiendo a dios que los salvase de esto. La localización de la crónica explica minuciosamente como la fuerza del mar entró por el barrio de la Viña desde la Caleta, y arrasó y arrastró trozos de la muralla y del hospicio.
Según una crónica de la época, redactada por un hermano que era el secretario del Archicofradía de la Palma, cuenta que dos sacerdotes, fray Bernardo de Cádiz y Francisco Macías, salieron a la calle acompañados de varias personas. Dichos sacerdotes portaban en sus manos un crucifijo y el estandarte de la que entonces era la cofradía de la virgen de la Palma, la cual se encontraba en la iglesia de la Palma, situada en el ya mencionado barrio de la Viña.
Y llegando casi a mojarse los pies, y dando el padre Macías con el estandarte en el suelo gritó: hasta aquí madre mía. Y aquella embravecida ola regresó a su lugar de origen, sucediendo el milagro de que la virgen de la Palma frenase aquel maremoto, y por lo tanto, lo que podría haber sido una enorme tragedia.
Desde aquel 1 de noviembre, la ciudad de Cádiz ha mostrado su agradecimiento por salvar a la ciudad de las consecuencias de aquella catástrofe, y cada 1 de noviembre se festeja desde entonces en su honor. Poco después, se instala en aquella misma calle una placa conmemorativa con la imagen de la virgen salvando la ciudad de la ola.

Como hecho anecdótico, podemos destacar que en el año 2008, debido a unas obras en la calle, la placa tuvo que ser retirada de la pared. Dio la casualidad que justo cuando esto pasó la ciudad sufrió un fuerte temporal de lluvia, el cual inundado por completo el barrio de la viña, provocando que ese hecho demostrase a los que lo ponían en duda que la devoción de los vinieron a la virgen de la Palma se debe como voto de favor ante la protección de aquella catástrofe que pudo acabar con la población gaditana.   

María Orellana Cózar.
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martes, 12 de mayo de 2020

La leyenda del Medinaceli

Nos alejamos un poco de Andalucía, aproximadamente a 500 km de ésta nuestra tierra, para traer la leyenda de las leyendas, esa leyenda que ha traído a nuestra era la iconografía y advocación de muchas imágenes devocionales. Hablamos de la famosa leyenda del Cristo de Medinaceli, o también conocido como Nuestro Padre Jesus Cautivo y Restado. Pero, ¿por qué cautivo y rescatado? En seguida lo sabremos.

La imagen del Cristo de Medinaceli de Madrid fue llevada en el año 1614 por los frailes capuchinos a La Mamora, en Marruecos, para que recibiera culto por parte de los soldados que allí se encontraban, ya que hay que recordar que estas tierras pertenecían a España. Pero en el año 1681 la ciudad cayó en mano de los árabes, gobernados por el sultán Muley Ismail, y éste en señal de victoria, decide mandar a la imagen a la ciudad de Mequinez.
Una vez en esa ciudad, la talla es arrastrada y tirada por las calles para que la gente se mofara de ella. Pero un padre trinitario, al ver lo que estaba sucediendo, decide hablar con el sultán para poner fin a esto y rescatar la imagen del señor, proponiendo ofrecerle tanto oro como pesase la talla.
Un vez allí, al pesarlo redujo muchísimo su peso, algo que enfadó muchísimo al sultán, y costándole a los pobres frailes no más que dos o tres monedas de oro. Esto fue un milagro, y al ser rescatado por los padres trinitarios y cautivo por los árabes, de ahí sale su advocación: Jesús Cautivo y Rescatado.

También cabe destacar que, como la orden trinitaria fue la encargada de rescatarlo, es común que la imagen de todos los Medinaceli posean un escapulario con el escudo trinitario, el cual esta compuesto de una cruz roja y azul. Este escapulario era el salvoconducto para dejar pasar a la imagen a tierras cristianas, y significaba que los trinitarios pagaron por ella.

En el año 1682, la imagen es llevada a Madrid, donde es recibida con gran devoción, realizándose una procesión en honor a su llegada. En el 1710 se crea la Congregación de Esclavos de Jesús Nazareno, y comienza a conocerse la imagen como Jesus del Medinaceli, ya que la capilla donde se encontraba pertenecía al duque de Medinaceli.

Por último, tal fue la devoción que alcanzó esta imagen que, durante la Guerra Civil Española, la imagen fue trasladada a diversos lugares dentro de Esapaña, para ser así protegida por los bombardeos de Madrid, saliendo finalmente hacia Suiza en el año 1937 para participar en una exposición, y volviendo en el año 1939 para quedarse para siempre a aquel lugar que lo rescató.

María Orellana Cózar.
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miércoles, 6 de mayo de 2020

La canina de Huelva

Más que una leyenda, hoy traemos un poco de historia de la capital onubense. Muchos no lo sabemos, pero durante una quincena de años procesionó por las calles de Huelva un paso con un esqueleto, denominado “La Canina”, que pertenecía a la hermandad del Santo Entierro, similar al que hoy en día procesiona aún en Sevilla.
Este paso era una representación alegórica, es decir, no representa un momento específico de la pasión de Cristo, si no que es una especie de representación de la victoria de la vida sobre la muerte. En esta representación podemos ver un esqueleto, de ahí el nombre “canina”, sentada sobre la bola del mundo en posición pensativa o decaída, con una cruz vacía tras ella donde se apoyan dos escaleras que representan el momento del descendimiento de Cristo.
La hermandad el Santo Entierro de Huelva durante la guerra civil española desaparece, ya que durante esta guerra pierde la mayor parte de su patrimonio. La pérdida más grande para los hermanos sin duda fue la de las imágenes, de un valor incalculable, no solo por la antigüedad si no por la devoción de la ciudad.
Tras la guerra la hermandad se refunda, siendo uno de sus refundadores un médico muy aficionado a la Semana Santa sevillana. Como la hermandad había perdido todo su patrimonio y sus imágenes, el médico propuso coger un esqueleto de su consulta, barnizarlo para que quedase sentado y con posición abatida, y usarlo en un paso basándose en la hermandad del Santo Entierro de Sevilla, y así suplir la carencia de los titulares hasta recuperar un poco de dinero para contratar a un imaginero. Y así se le dio el origen del paso de “La Canina” de Huelva, que procesionó desde 1945 hasta 1960 aproximadamente.
Pero este paso no tuvo mucha aceptación, ya que el pueblo le tenía temor a ese esqueleto, habiendo incluso una leyenda que decía que, si paraba delante de alguien, esa persona moriría al poco tiempo. El paso dejó de salir cuando se le encarga a León Ortega la tala de la Virgen de las Angustias, que sale en el mismo paso donde salía originariamente la canina. Desconocemos cual fue el destino de ese esqueleto, aunque seguramente se desecharía al no tener valor alguno.
Hay una anécdota que rula por la ciudad de Huelva, la cual dice que a la canina se le hizo una canción y la llamaban “pelona”, ya que en aquella época había un policía llamado Mateo que rapaba a la gente en sus casas para evitar las plagas de piojos. La gente cuando lo veía por la calle se metía en casa de los vecinos para parecer que no estaban en casa, haciendo una canción donde decía que el tal Mateo había dejado sin pelo a la canina, cantándola los niños al pasar por la hermandad.

María Orellana Cózar.
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miércoles, 29 de abril de 2020

La Virgen del Mar de Almería

Cuentan los historiadores, que junto a la playa de Retamar, sobre la fina arena, existía una antigua ya atalaya de origen árabe. Ésta, cuando Almería se incorpora al Reino de Castilla, pasó a llamarse Torre García, funcionando de torre vigía para los pescadores almerienses. En este lugar es donde se da la fervorosa leyenda de La Virgen del Mar, patrona de la capital almeriense.
La leyenda cuenta que, en el atardecer del día 21 de diciembre de 1502, los vigías de la Torre García vieron surgir un torbellino de luces de las aguas, cuyo destello daba cobijo a una extraña silueta que se mecía al son de las olas. Vieron perfectamente como esa misteriosa imagen se acercaba a la orilla de aquella playa, despacio, rozando las olas del mar y como mecida por el viento.
Uno de los guardas, llamado Andrés de Jaén, sintió curiosidad por ese maravilloso resplandor, y decidió bajar para ver qué era lo que emitía esa luz. Él era cristiano y devoto, y su fe le suscitó que se trataba de algo divino. Asustado y casi sin aliento, se acercó, asegurando que era una imagen religiosa, en la cual se representaba a la Virgen María.
Andrés examinó esa divina talla cuidadosamente, hallando evidencias de que se encontraba en un navío, ya que tenía marcas de aros de hierro con los que la habrían sujetado en alguna zona de la nave. Este ritual era muy común en la época, y se usaba para invocar la protección divina para los marineros.
Desde entonces se dieron multitudinarias versiones de por qué llegó esa talla a la costa. Algunos dicen que fueron los mismos ángeles que la portaron hasta Almería, otros afirman que siempre estuvo ahí. Pero la más fiable y razonable de las versiones es que, el navío en el que se encontraba la imagen fue abatida por una tempestad, lo que hizo que se destrozara y la imagen quedase flotando en el mar hasta llegar a la costa almeriense.
La misma leyenda cuneta que Andrés no sabía que hacer. Quería que todo el pueblo viera a su hermosa virgen, pero por otro lado no quería dejarla sola en aquella playa, ya que si en cualquier momento desembarcaban piratas se la podrían llevar. Así que, en medio de ese mar de ideas, decidió guardarla en la Torre García, y así lo hizo. Al día siguiente llevó hasta el lugar a los canónigos de Santo Domingo,  y se la mostró. Llenos de gozo y arrodillados ante ella, la adoraron con devoción.
Cuando la noticia llegó al arzobispado de Granada, el cabildo puso en marcha su influencia para su traslado a la sede arzobispal, lo que los almerienses denegaron. Finalmente, la virgen fue encomendad al cuidado de los dominicos almerienses, bajo la advocación de Virgen del Mar. El mismísimo Papa Pío VII la proclamó patrona de Almería en el año 1806.
Por último, podemos destacar como final de esta emotiva leyenda, que en el lugar donde estaba la mencionada Torre García, hoy día inexistente, se realiza una pequeña ermita moderna que recibe el nombre de aquella torre, rememorando que en aquellas benditas arenas sucedió el milagro que hizo que Almería encontrase a su madre protectora.

María Orellana Cózar.
Twitter: @MariiaOrellaana
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martes, 14 de abril de 2020

El Abuelo de Jaén

Una  tarde de agosto de 1590 un hombre viejo, con aspecto cansado, estaba a punto de sucumbir y apareció ante sus ojos una modesta casería, cercana al Puente de la Sierra. Decidió pedir asilo para pasar la noche. Dijo a los dueños del lugar que venía de muy lejos y se dirigía a Jaén, pero como ya estaba anocheciendo le rogaba que le dejaran pernoctar bajo techo, porque a su llegada a la ciudad encontraría las puertas cerradas. La familia de labradores, muy piadosos y humanitarios, no dudaron un instante en concederle hospitalidad.  

Lo primero que hicieron fue prepararle la cena, que la saborearon en la lonja de la casa, para aprovechar el escaso hilo de viento existente. Mientras comían, el forastero se fijó en un gran tronco de pino que hacía las veces de banco donde sentarse. El viajero se lo pidió para hacer una imagen de Jesús, en agradecimiento a la acogida recibida, ya que desde niño había trabajado con la madera, y en la actualidad ese era su oficio. Pero antes de dirigirse a su habitación para descansar, inquirió a la pareja que trasladara el tronco al dormitorio que le habían asignado, porque nada más levantarse viajaría a Jaén para ver el paño del Santo Rostro, y a su regreso comenzaría con la escultura. 

Al día siguiente, poco antes de la cena, volvió a presentarse el venerable anciano, que relató la impresión que le causó la santa faz de Jesús. Apenas si comió porque estaba muy cansado y decidió acostarse temprano, pero antes indicó a los labriegos que permanecería en la habitación varios días sin salir hasta finalizar su obra. Que no se preocupasen ni entraran en ella hasta que hubiera concluido. Cuando pasaron dos días, el matrimonio estaba intranquilo porque en ese tiempo no habían escuchado ni el más mínimo ruido procedente de la estancia, algo que le extrañaba enormemente, ya que al tratarse de una talla de un madero, tenía que producirse golpes con las gubias y escoplos. Aún así, esperaron otro día más. 

Nada más amanecer ascendieron silenciosos por la estrecha escalera hasta el desván, donde debía estar el viajero. Encontraron la puerta entreabierta, la empujaron suavemente y sus ojos quedaron deslumbrados al encontrar la figura de Jesús, casi desnudo, con el cuerpo ensangrentado y encorvado por el peso de la cruz, la mirada angustiada, dirigida al suelo y la boca entreabierta por el dolor, desde donde escapa un hilo de sangre entre la comisura de sus labios. Cuando se repusieron de su asombro, los labradores buscaron algún rastro del viejo caminante que había realizado tan magnífica obra, pero solo hallaron una nota que les decía: «a través de esta imagen, amarle con todo el corazón, en la seguridad de que nunca os abandonará». 


María Orellana Cózar.
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jueves, 2 de abril de 2020

La leyenda del Cachorro


En el fervoroso barrio de Triana fue encontrada a finales del siglo XVI una imagen de la virgen oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en tiempos de la invasión árabe. El vecindario la acogió, construyendo en su honor una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto se fundó una hermandad para ella. A mediados del siglo XVII se construyó una hermandad titulada nuestra señora del patrocinio, una advocación muy de moda por ser de las predilectas de Felipe IV. Ambas se fusionaron en 1699, acordándose llamar Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.


Vivía por aquel entonces en la cava de Triana, un gitano a orillas del Guadalquivir, allá por donde estaban las chozas. Lo llamaban el Cachorro, admirándolo por su habilidad con la guitarra y con el cante jondo. Cuando participaba en las zambras o juergas de las tabernas, asumía una actitud distante, como si todo lo que hiciera fuera para el solo aunque estuviera acompañado. No se le conocieron amores, pero todas las gitanas de la cava suspiraban por el. Pero algunos despechados susurraban que al otro lado del río era donde realmente se encontraba su amor. 

Cierto día apareció por la cava un hidalgo que llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Éste preguntó si conocían a un gitano al que llamaban el Cachorro, y aunque entre la gente del bronce es común callar, se marchó de aquel lugar sabiendo que encontraba alguna pista del paradero de aquel gitano. Desde aquel día, el hidalgo se paseó por el barrio durante varios días.

Al aprobar las reglas de la Hermandad de la Expiración tuvieron que dotarlas con sus imágenes, y el cabildo pensó en un artista renombrado. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma Francisco Ruiz Gijón, se le confió el trabajo de labrarla. No conseguía éste realizar algún crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas tallas existentes en la ciudad. Durante meses realizo cientos de bocetos, pero siempre los rompía antes de acabarlos porque ninguno le satisfacía. Ante tal ansia, se olvidó de cualquier otro trabajo e incluso de comer, enflaqueciendo de manera muy notoria. 

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar. Tenía mucha fiebre, pero aún así no se quedaba en la cama, si no que seguía realizando bocetos. Cierta noche en la que la fiebre le abrumaba, se levantó de su cama y se vistió, dispuesto a salir a la calle. Su familia, al ver la locura que pretendía realizar, lo intentaron parar, a lo que a gritos respondió: “-¡Dejadme! Ahora es cuando se que voy a copiar la verdadera cara de agonía del Cristo de la Expiración.” Y agarrando papel y carboncillo, abrió la puerta y se fue a la calle. 

Tenía su taller en el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle Armas hacia un postigo, y salió fuera de la muralla, cruzando el puente de barcas que unía Sevilla y Triana. Al llegar al Altozano, sin saber bien donde ir, se dirigió a la capilla del Patrocinio. La fiebre hizo que perdiera la noción, y a través de la puerta de la capilla pareció ver la imagen de su futura obra. Casi poseído cogió el carboncillo y comenzó a copiar, hasta que recobró la lucidez, y se vio postrado en una puerta cerrada de un lugar que ni él mismo conocía. Pensó que estaba loco, y de nuevo la fiebre le afloró, dejándose caer en los escalones de aquella iglesia.

De repente, en la lejanía, oyó gritos de mujeres que taladraban el aire. Y luego, vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Acto seguido, se levantó Ruiz Gijón y alzó a andar para ver qué tan escándalo había. Fue cuando, entre las chozas y las gitanas lamentadas, halló un hombre en el suelo, retorciéndose ante los últimos espasmos de su agonía. Aquel hombre era el Cachorro, el famoso gitano de la cava que a todo el barrio cautivaba. Se le veía el pecho atravesado a espada por una rica empuñadura que su asesino dejó en su corazón clavada. 

Mientras las gitanas intentaban salvar al moribundo, Ruiz Gijón agarró el carboncillo y comenzó a copiar semejante escena, centrándose en la cara de la agonía de aquel gitano. Tras ello, abandonó el lugar donde el gitano, ya muerto, era llevado por mas gitanos al hombro. En pocos días, consiguió plasmar en madera lo que aquel día aconteció. Y cuando aquel año Salió por primera vez el Cristo de la Expiración a la calle el Viernes Santo, los gitanos del barrio comenzaron a gritar: “-¡Mirad! Es el Cachorro. ¡Es el Cachorro!” Y en efecto, era el cachorro, gitano cantaor y enamorado, al que mataron por amores en la cava de Triana y que el soplo el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón había convertido en la figura del más hermoso de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana. 

María Orellana Cózar.
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lunes, 30 de marzo de 2020

Leyenda de la Virgen de las Angustias

Cada vez estamos más inmersos en la Semana Santa, y en el día presente hablaremos sobre una leyenda que viene de lejos, o quizás no tanto. Nos trasladamos a la capital cordobesa, mitad mora mitad cristiana.
En el año 2014, sería la primera vez que dicha imagen salía a realizar su estación de penitencia de San Agustín. Pero es curiosa la historia que cuenta la llegada de dicha imagen a, la que fue durante mucho tiempo, su casa.  

Cuenta la historia que un día un burro llegó a la ciudad con una pesada carga y entró en el patio del Convento de San Pablo en busca de agua y cobijo, ante el descuido del portero. Éste al encontrarlo, lo sacó de vuelta a la calle, sin molestarse en darle ni tan siquiera agua ni aliviarle la carga.  
El burro, entonces, se dirigió a la Iglesia de San Agustín. Los hermanos, al verlo decidieron darle albergue hasta que vinieran a reclamarlo. Le quitaron la pesada carga que llevaba y al abrirla, descubrieron a su sorpresa la bella talla de la Virgen.  
Cuando la noticia corrió por la ciudad, los dominicos la reclamaron como suya, pues el borrico fue a su convento en primer lugar, a lo que los agustinos respondieron que puesto que ellos recogieron al borrico y los otros no, la talla era suya. Finalmente, presentado el caso ante la justicia, los agustinos pudieron quedarse con la imagen, a condición de que si por algún motivo la Virgen entraba en San Pablo, no volvería a salir de allí. 

53 años después de que la imagen dejara San Agustín, en el pasado mes de marzo de 2014 la Virgen retornó a casa, haciendo caso omiso a lo que en aquella ocasión dictaminó la Justicia. ¿Acaso la propia virgen quiso hacer caso omiso a la Justicia?  

Lo cierto es, que al igual que los dominicos rechazaron al pobre burro el cual solo buscaba agua y cobijo, también rechazaron la fervorosa imagen que éste portaba consigo, siendo esto no solo una preciosa leyenda, si no también una gran moraleja.


María Orellana Cózar.
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viernes, 27 de marzo de 2020

Leyenda de la Misa de las Ánimas


Cuentan las crónicas, que en la actual Plaza Nueva de Sevilla es el solar del convento de San Francisco, derribado en el siglo XIX. Al derribarlo, de él solo quedó una pequeña capilla la cual conservamos en la actualidad, la capilla de San Onofre, situada junto al edificio de telefónica. En esta capilla es donde se dio la leyenda que a continuación veremos, en el año 1600.

Un caballero llamado Juan de Torres, perteneciente a una ilustre familia sevillana, tras llevar una vida sumida en el pecado decidió enmendarse y entró de lego en dicho convento. Tras hacer sus oficios pasaba sus ratos libres en la actual capilla, donde se dedicaba al rezo por horas. Incluso a medianoche, se retiraba al templo para meditar. 

Una de esas noches, concretamente la noche del 2 de noviembre, coincidiendo con la conmemoración de los fieles difuntos, el caballero oyó como alguien entraba, viendo a un fraile de su misma orden que se acercaba al altar, pasaba a la sacristía y volvía a salir al rato, vestido con el alba y la casulla como si fuera a oficiar la misa. El fraile puso el cáliz en el altar, miró hacia los bancos, suspiró y recogió el cáliz sin decir la misa. Acto seguido volvió a entrar en la sacristía y al salir, cruzó la iglesia y desapareció. 

A la noche siguiente volvió a repetirse, y a la tercera noche, también. El caballero, comprendiendo que aquel acto ocultaba algo, se lo comunicó al prior del convento el cual le dijo que, cuando volviera a suceder, se acercara y le ofrezca ayuda para la misa. Y dicho y hecho, una noche más el fraile apareció junto al altar con el cáliz en la mano y revestido con los ornamentos. El caballero se acercó y le dijo “-¿Quiere su paternidad que le ayude en la misa?”.

El fraile no le contestó, pero inició con voz ininteligible las primeras palabras del Santo Sacrificio, solo que en vez de decir Leatificat juventutem mea, su voz se tornó más clara y pronunció Leatificat mortem mea. Es ahí donde Juan comprendió que estaba ante una presencia fantasmal, pero al haber sido caballero y hombre de armas no sintió miedo, y prosiguió con la ceremonia. 

Al acabar la misa, cubrió le cáliz, lo puso en la mesita de la sacristía, se despojó de la casulla y ornamentos, y volviéndose hacia Juan le dijo “-Gracias, hermano, por el gran favor que habéis hecho a mi alma. Yo soy un fraile de este convento, al que por negligencia nunca le dejaron oficiar una misa de difuntos, y habiéndome muerto sin realizar esa obligación, Dios me condenó al purgatorio. Pero nunca nadie me quiso ayudar a oficiar la misa, estando viniendo a intentar decirla durante todos los días de noviembre, cada año, desde hace más de un siglo.” Y tras estas palabras, el fraile desapareció para siempre.

María Orellana Cózar.
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lunes, 16 de marzo de 2020

La espina de los Cristos de Juan de Mesa


La biografía del mejor imaginero que conoció el Barroco andaluz sigue ligada a una serie de incógnitas que aumentan aún más el mito sobre su persona. Y es que el olvido que lo cubrió durante más de tres siglos dejó un camino en el que resulta muy difícil indagar.
Pues bien, no es necesario ser muy observador para darse cuenta de que sus obras esconden una parte de su vida. Al igual que cada uno de los imagineros, sus obras presentan su carácter más personal, un carácter personal el cual será reflejado al fiel por medio de curiosidades que todos y cada uno captamos.
Y es qué en el año 2016, surgió una famosa polémica por Twitter, en la cual la cuenta @dCofradias escribió lo siguiente: << el Cristo de la Conversión al igual que el del Amor o el Gran Poder, tiene una espina clavada en su oreja.>>
Esto fue un boom en el mundo cofrade y, más aún si puede, en el mundo de los historiadores del arte. ¿Cómo no haberlo visto antes? ¿Acaso el imaginero quiso reflejarnos algo sobre él en esa insignificante espina clavada? La respuesta fue un claro sí.
La explicación más aceptable a este hecho, que se repite en prácticamente todas las imágenes de Mesa, podría estar en la Iglesia de San Martín. Y es que en dicha ubicación estuvo por muchos años el hogar de Juan de Mesa casado con María de Flores. Como es de saber por si biografía, el matrimonio no tuvo descendencia alguna.
Todo apuntaría a que en el matrimonio, ante el ansia causada por conseguir a su amado hijo, comenzó a venerar la reliquia de la Santa Espina de Jesús que se creía otorgaba el don de la fertilidad a quienes rezaban, la cual se encontraba en San Martín.
Aunque quizás sea una explicación demasiado romántica, no cabe duda de que pudiera ser una hipótesis, y Juan de Mesa estuviera rogando a sus propias imágenes que les concedieran un hijo, hecho que, como ya sabemos, no fue posible.

María Orellana Cózar.
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